Opinión

SHEINBAUM Y GATELL EN LA CÚSPIDE DEL FRACASO INFORMATIVO

Comunicación para el Bienestar

Aprender de los errores para no volver a cometerlos, cambiar la visión del modelo economicista a uno de bienestar, poner al ser humano en el centro de la política pública, enaltecer los sentimientos de hermandad, colaboración y buena vecindad, mejorar los modelos de gestión pública y de gobernanza y una larga lista de etcéteras es lo que se espera después de una crisis humanitaria como la vivida por la Covid-19.

Sin embargo, la historia parece demostrarnos, una y otra vez, que cuando la humanidad atraviesa por una crisis que amenaza su existencia, es cuando los peores instintos humanos se hacen latentes. La tentación por el autoritarismo y por el protagonismo, así como la ambición por sacar algún tipo de beneficio, al fin de cuentas, la crisis también es oportunidad, son los impulsos que parecen regir la actuación pública-gubernamental.

En Europa, por ejemplo, los nacionalismos y antiguos prejuicios se intensificaron durante el periodo más grave de la pandemia, ampliando las históricas brechas diferenciadoras entre el norte y el sur. La Unión Europea avanzó en sentido contrario a la voluntad de hermandad que le dio origen y lo mismo se replicó en cada uno de los continentes, países replegados, cerrados y con graves crisis internas.

En México, la gestión de la comunicación presidencial y político-gubernamental, que ya era ampliamente criticada antes de la pandemia, se puso bajo reflectores cuando inició la crisis sanitaria, un día sí y otro también, aparecen columnas cuestionando, incluso, la existencia de una estrategia.

Al respecto ya se ha dicho mucho y no nos vamos a detener aquí en ello, lo que llama la atención es que el aprendizaje idealizado posterior a una emergencia tampoco se dio esta vez, al menos en el campo de la comunicación gubernamental.

En la conferencia de prensa que el pasado viernes ofreció Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno en la Ciudad de México, parecía que la nota serían los peritajes referidos al percance sufrido por la línea 12 del metro de la Ciudad de México. De esta manera se enfatizó en los servicios emergentes que para el caso estaba proporcionando el Metrobús en el tramo de Tláhuac a Coyuya.
No obstante, como lo ha hecho de manera consistente, el primer tema que se abordó fue el referido a la Covid. Y así, la danza de las cifras iniciaba. Se proporcionaban datos actualizados sobre nuevos enfermos y casos sospechosos. Se establecían estimaciones de todo tipo, análisis paramétricos que arrojaban resultados que rayaban en el optimismo de los funcionarios del gobierno capitalino, lo cual los llevó a proponer el incremento de la actividad económica para la siguiente semana. El semáforo epidemiológico, en resumen, continuaba en verde.
No obstante, tal optimismo se transformó en confusión, pues esa misma noche, la Secretaría de Salud del Gobierno de México indicó que, el indicador referido a la tasa reproductiva se incrementó, en relación a la semana anterior, por lo cual, la CDMX habría de pasar a semáforo amarillo, a partir del lunes 21 de junio.
Así, cada dependencia salía a argumentar su postura, con datos duros, numéricos, cuantitativos, pero que, al ser leídos e interpretados, perdían toda objetividad y terminaban significando casi cualquier cosa. Los datos, así tratados, pierden entonces su valor intrínseco que nos tendría que acercar al conocimiento científico de la realidad, pero a veces, se convierten en meros instrumentos políticos para justificar, en este caso, la reapertura de la actividad económica en la CDMX.

En un escenario en el que, por un lado, un subsecretario es obligado a alejarse de los reflectores públicos y, por el otro, una jefa de Gobierno a quien la tragedia de la línea 12 del metro puso en peligro su candidatura a la presidencia de la República, el problema es evidentemente político, pero que tiene sus mayores repercusiones en lo comunicacional que sumergió a los habitantes de la CDMX en un escenario de incertidumbre.

Pero más que un problema político, de comunicación o de discrepancia ideológica (puesto que ambos militan en el partido gobernante), se trata de un problema de eficacia de quienes administran el Estado, pues no están dispuestos a anteponer su responsabilidad con los ciudadanos a sus intereses políticos. La jefa de Gobierno terminó acatando la indicación del gobierno federal, sin embargo, en la tarjeta informativa que publico al respecto, deja ver que el indicador de la Secretaría de Salud no es suficiente para regresar al amarillo y que, aceptar el color del semáforo no implica insertar nuevamente las restricciones, o sea, sí, pero no.

Después de tal ridículo, la jefa de gobierno tuvo que salir a reconocer la decisión de la Secretaría de Salud Federal, pero fue categórica al señalar que ya no es opción detener la reapertura económica. Lo grave del caso es que, según sus palabras, la ciudad requiere ya la reactivación de las actividades económicas para que haya la posibilidad del bienestar.
Esto último resulta a todas luces grave pues estaría mandando la señal de que se prioriza una perspectiva del bienestar, que apunta hacia la reactivación económica, más que hacia el resguardo de la salud de los capitalinos. Así, un gobierno capitalino que se asume de izquierda al parecer, mide el bienestar, de la misma manera que los organismos económicos internacionales, que confunden bienestar con desarrollo, sobre todo si este garantiza que los empresarios puedan emprender sus actividades económicas con todas las garantías, aun con una situación sanitaria que en realidad no ha terminado de resolverse.

Ya sea verde, amarillo, naranja o rojo, la mayor pandemia de México son sus grupos políticos-electorales que siempre nos han tenido entre azul y buenas noches.