Opinión

LA FELICIDAD ARISTOTÉLICA


Gerson Hernández Mecalco*

Todas nuestras emociones, desde la felicidad hasta la tristeza, se muestran en nuestro comportamiento. ¿En qué se parecen las personalidades de Sheldon Cooper en The Big Bang Theory o el señor Spock en Star Trek? se caracterizan por mostrar sus serias limitaciones para percibir la importancia de otras personas en su desarrollo, malestares y felicidad. ¿Cuántos políticos muestran como mecanismo de defensa su lado intelectual y ocultan sus verdaderas emociones? Estas y otras ideas son analizadas por el Dr. Edgar Espinal en su libro Lecciones aristotélicas para una ética en la administración pública (Universidad de Guanajuato-INAP). Pero mejor vamos por partes:

En 112 páginas el autor estudia las virtudes aristotélicas para la administración pública y desafiantemente pregunta si en serio, ¿El fin del Estado es la felicidad de sus ciudadanos?, ya que para muchos su experiencia con el Estado es aterrador, “nos obliga a realizar largas filas para trámites y nos despoja de nuestro dinero a través de unos de los peores inventos de la historia llamado impuestos”. Irónicamente describe al Estado —con “e” mayúscula—, como un café descafeinado con leche de almendras y deslactosada light —eso lo exagero yo—, o los descuentos tramposos de cada fin de temporada. Incluso para “algunos politólogos es una gran criatura cuyo objetivo es el poder”.

Pero ¿Cómo puede el Estado ayudar a la felicidad de los ciudadanos? El Dr. Espinal señala la importancia de jugar y practicar deportes por encima de aprender de memoria reglas gramaticales y matemáticas. Explica que “en contraste con los adultos, los niños están en un proceso gradual de maduración cognitiva, constantemente no deliberan, disfrutan el aquí y el ahora. En realidad, sus miedos, frustraciones, conductas, aspiraciones son transmitidas por sus tutores y adultos, nosotros los moldeamos y sobre todo cambiamos e incrustamos en ellos el prototipo de felicidad”.

Actualmente en Occidente y en comparación con pensadores antiguos no cultivamos la virtud, la compasión, la justicia, la colaboración, la templanza o la moderación, las cuales son necesarias para el bienestar individual y colectivo. La felicidad como uno de los objetivos centrales del Estado se puede leer en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la Declaración de Independencia de Estados Unidos y la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos (1836). Otro ejemplo es Bután, reino budista en el Himalaya. Sus autoridades afirmaron en su código legal de 1729 que “si el gobierno no puede crear felicidad para su pueblo, no existe un propósito para que el gobierno exista”. Y en su Constitución de 2008 afirman que: “El Estado se esforzará en promover las condiciones que permitan la consecución de la Felicidad Nacional Bruta”.

La felicidad en Bután se basa en nueve pilares: Bienestar psicológico, salud, uso del tiempo, educación, diversidad y resistencia cultural, buen gobierno, vitalidad de la comunidad, diversidad y resistencia ecológica y niveles de vida. Concluye el Dr. Edgar Espinal que no es descabellado reflexionar cuál es el verdadero fin del Estado, “porque en ocasiones al parecer a los políticos y funcionarios se les olvida y sólo tienen presente sus propios intereses”. De acuerdo con la ONU México es el país número 24 en felicidad, tal vez por eso desde Palacio Nacional todas las mañanas se repite con optimismo que el pueblo mexicano es ¡Feliz, feliz, feliz!, aunque tengamos otros datos. Platón señaló que solo el que se controla a sí mismo puede ser bueno y sólo el bueno puede ser feliz.

*Comunicólogo político y académico de la FCPyS UNAM, @gersonmecalco

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