Opinión

HAITÍ Y LA ÚLTIMA FRONTERA


Comunicación para el Bienestar

Casi siempre los procesos de migración son de naturaleza compleja e involucran aspectos que van más allá de lo meramente laboral. En torno a este fenómeno se implican conflictos culturales, familiares, políticos y sociales. La frontera, espacio real he inventado, se convierte en entorno de violencias que van más allá de lo simbólico. Lugar de delimitación que divide final y comienzo de algo que sobrepasa el territorio.

En torno al conflicto migratorio de los ciudadanos haitianos se mezclan varios países y contextos. Haití y su realidad que lo hace ser uno de los países más pobres entre los pobres de América. Historia que se volvió dramática después de los terremotos de 2010 y de agosto del presente año y de la crisis política generada después del asesinato del presidente Jovenel Moïse, sucedida el 7 de julio, que han traído como consecuencia una ola migratoria que no termina. Estados Unidos, idealizado y demonizado al mismo tiempo. Tierra de migrantes y de oportunidades, por las que se sabe, hay que pagar un costo altísimo que involucra jugarse la vida, el todo o nada.

Y México, país de paso y destino de haitianos que no eligen migrar cruzando el Mar Caribe, sino atravesando Centroamérica y emprender la caminata de su vida. Interminables kilómetros de Tapachula, Chiapas, a Ciudad Acuña, Coahuila, frontera con Texas. Muchos, incluso, cruzaron el continente desde Brasil o Chile, ya que, al parecer, una luz de esperanza parecía animarlos.

Dada la crisis humanitaria que se vive en el país caribeño el gobierno norteamericano decidió extender el estatus migratorio llamado DTS (estatus de protección temporal), destinado a ciudadanos provenientes de países peligrosos o afectados por desastres naturales. Tal extensión se dio solo a haitianos que habían logrado entrar a territorio estadounidense antes del 29 de julio.

No obstante, desde hace un par de semanas una caravana de haitianos atravesó México y se apersonó en el puente internacional que divide a Del Río, Texas y Ciudad Acuña, Coahuila. Algunos intentan cruzar arriesgando la vida, otros pernoctan al aire libre, debajo del citado puente. Los que logran cruzar son detenidos por la Border Patrol con uso excesivo de violencia que el propio gobierno de Biden condena y legitima al mismo tiempo. Horrorizados se dicen los miembros del gobierno norteamericano ante tales imágenes, pero impasibles ante una realidad que los rebasa.

Brutalidad que busca desanimar a quienes están acostumbrados a vivir en la violencia en su país, en Sudamérica o en México. El canciller mexicano, Marcelo Ebrard, parece estar situado entre varios fuegos, la presión norteamericana para que nuestro país detenga las caravanas migrantes y el presidente Andrés Manuel López Obrador, que insiste en que el problema debe ser atacado de origen generando proyectos de desarrollo en los países de origen de los migrantes.

En medio de esta mar de diplomacia, Ebrard solo atina a culpar a los haitianos y a quienes los liderean, a quienes acusa de prometer a sus connacionales llevarlos a los Estados Unidos para obtener su ciudadanía. Palabras que suenan huecas y ajenas a la historia del primer país que obtuvo su independencia en latinoamérica y también el primero en abolir la esclavitud. Pero al mismo tiempo memoria de abusos, intervenciones, corporativos y políticos corruptos que lo han explotado hasta el cansancio.

La desigualdad es la semilla de todos los males que ahora queremos disfrazar de humanitarios, los Estados pretenden buscar formas para controlar aquello que ellos mismos provocaron con el solapamiento de la rapiña de políticos y empresarios perversos cuya ambición propicia el enfrentamiento del hombre contra el hombre, como si fuera capaz diferencia alguna entre dos animales de la misma especie.

El fenómeno migratorio haitiano no es una crisis humanitaria sino una crisis del sistema económico y de los Estados, no solo el mexicano, sino de todos los involucrados en este hecho, donde la autoridad está quebrantada, debilitada y deslegitimada y están cosechando los frutos de la semilla de la pobreza, la explotación y la acumulación grosera de riqueza entre unos pocos.

Que vengan los grandes capitales entonces a solucionar esta crisis, que de su bolsa y no de la del pueblo sea de donde salgan los recursos para darles albergue, comida y seguridad a los migrantes, pues ellos son los beneficiados de su explotación, ellos son los que los han conducido hasta la última frontera y son ellos mismos quienes se las han cerrado.

Esto no es una crisis, es un desafío a los controles Estatales que son creados para proteger a los privilegiados del sistema y no a los ciudadanos. No hay que creer en las voces que pretenden el confrontamiento con los migrantes, sean de Haití o de otro lugar, ellos no son los enemigos, son las víctimas como lo somos todos nosotros. Es a los Estados y los capitales a quienes hay que voltear a exigir cuentas.