Daniela Gurrola
En el mundo digital las palabras no se las lleva el viento. Se quedan grabadas, se replican y, muchas veces, terminan convirtiéndose en armas.
Vivimos en una época en la que una publicación, un comentario o un juicio lanzado desde un teléfono puede alcanzar a miles de personas en cuestión de minutos. Las redes sociales ampliaron nuestra voz, pero también multiplicaron la velocidad con la que se propaga la violencia.
El pasado 6 de marzo, Tepic no solo fue sede de una conferencia masiva. Fue también el escenario donde se cruzaron dos historias que, desde contextos distintos, comparten una experiencia profundamente contemporánea: la exposición pública en tiempos de redes sociales.
Hay que reconocer la visión de la presidenta municipal Geraldine Ponce y de su equipo de trabajo al lograr traer a Olimpia Coral Melo a la capital nayarita. No se trata de una visita cualquiera. Es el encuentro de dos mujeres que conocen, en carne propia, lo que significa que la vida privada se convierta en un tema de conversación pública bajo el escrutinio de miles de pantallas.
Olimpia desde el activismo que transformó una agresión personal en un movimiento nacional que cambió las leyes en México. Geraldine desde la gestión pública, donde el liderazgo femenino suele enfrentar un escrutinio permanente que con frecuencia intenta reducir la capacidad de mando a juicios sobre la vida personal.
Lo sustancial de este encuentro es que el mensaje llegó a una plaza pública. La convocatoria lograda demuestra que en Tepic existe interés por comprender un fenómeno que atraviesa la vida cotidiana de millones de personas: la violencia digital.
Sin embargo, el mayor desafío que enfrentamos como sociedad y especialmente como mujeres es entender que esa violencia no siempre proviene de actores desconocidos. A veces, de manera sutil, somos nosotras mismas quienes la reproducimos al comentar, al juzgar o al compartir contenidos que vulneran la dignidad de otra mujer.
Como sociedad, y especialmente como mujeres, nos debemos el respeto de valorar las acciones que nos benefician a todas, entendiendo que ninguna de nosotras habita una vida perfecta o libre de contradicciones. El feminismo no es un tribunal de pureza, sino un proceso de aprendizaje constante.
Y sí, habrá quien se apresure a decir que no hay punto de comparación entre ambas historias. Pero en el fondo, la esencia es la misma: la resistencia ante la exposición.
A Olimpia la vulneraron con la difusión de un video íntimo. Enfrentó el juicio de su entorno y de su propia familia, pero tuvo el coraje de canalizar ese dolor en algo tan poderoso como una ley que hoy protege a miles de mujeres en México. Su historia demuestra que incluso las experiencias más dolorosas pueden convertirse en cambios colectivos.
Por otro lado, el escenario que enfrenta una mujer en la política es distinto, pero la exposición pública sobre su vida privada también suele ser constante. En redes sociales abundan opiniones emitidas desde una supuesta superioridad moral, como si la sociedad debiera convertirse en un tribunal permanente de la intimidad.
Lo que a veces olvidamos es que las mujeres tienen una extraordinaria capacidad de resistir, de reconstruirse y de transformar el agravio en fuerza.
Tener a Olimpia Coral en Tepic, además de forma gratuita y accesible, es sembrar una conversación que difícilmente podrá ignorarse en adelante. Es también una señal de que estas causas ya no pertenecen solo a los espacios legislativos o académicos, sino a las plazas públicas donde se forma la conciencia social. Reconocer este tipo de decisiones institucionales también es un acto de honestidad.
Al final del día, lo virtual es real y el daño que puede causar un comentario, una publicación o un juicio viralizado es profundamente tangible.
Si una sola mujer en esa plaza salió sabiendo que no es culpable de lo que otros digan de ella en una pantalla, entonces el mensaje cumplió su propósito. Porque la verdadera sororidad no se demuestra únicamente con discursos. También se practica con algo mucho más simple y, a veces, más difícil: el respeto por la vida privada de las demás.








