Carlos A. Jiménez Aldaco
El béisbol es, dicen, el rey de los deportes.
En mi vida no solo es rey: es un monarca caprichoso que de vez en cuando baja del trono, me da un batazo cariñoso en la nuca y me recuerda que muchas cosas importantes que me han pasado se pueden narrar en entradas y turnos al bat.
De niño, por ejemplo, el beisbol se llamaba Tepic y olía a niebla. Mi papá tenía un amigo del Sindicato de Maestros, el famosísimo TIMO, personaje que parece inventado por un novelista famoso pero no: este existía, respiraba y, sobre todo, movía números.
TIMO era el encargado del marcador en aquel viejo estadio de mi amado Tepic, ya derruido, donde jugaban los poderosos Cafeteros de la Liga Invernal del Noroeste.
Aquel marcador, clavado allá lejos, casi en el horizonte del jardín central, tenía su propia alma. No era una pantalla moderna ni un alarde tecnológico; era una gran placa de lámina con ganchos donde se colgaban numeritos de metal para las carreras, y unas láminas pesadas, con puntos blancos, para marcar bolas y strikes; hast ahí, la cosa parecía sencilla: tres strikes, cuatro bolas; nada que requiriera una tesis de matemática avanzada.
El problema era Tepic o mejor dicho, la niebla de Tepic; en esos inviernos raros de la ciudad, donde el frío es tibio pero la neblina se pone seria, la bruma venía del mar, saltaba el cerro de San Juan con una elegancia japonesa y se dejaba caer en el valle de Matatipac como si fuera su casa.
Entonces era prácticamente imposible distinguir algo a menos de diez metros.
Según el propio oráculo moderno —es decir, el ChatGPT— la distancia promedio entre el home y el jardín central en un estadio no profesional va de los 95 a los 110 metros, o, como buen deporte gringo, de 310 a 360 pies; gracias al beisbol aprendimos, sin querer, a hacer conversiones entre el sistema métrico y el sistema inglés; una especie de secundaria técnica pero con cacahuates a la mano
Lo milagroso es que, con toda esa bruma, el TIMO, instalado en su minúsculo observatorio de lámina, no fallaba una: marcaba exactamente lo mismo que cantaba el umpire principal (algo así como el árbitro, para los futboleros).
Yo lo veía de lejos y estaba convencido de que tenía vista de águila, o pacto con algún santo patrono de los miopes.
Más tarde, la vida y mi abuela materna, mamá Chayo Ayón, se confabularon para ampliarme el mapa beisbolero. Gracias a sus visitas e invitaciones frecuentes a Los Ángeles, terminé cruzando la frontera no solo geográfica, sino emocional: conocí el Dodger Stadium en plena Fernandomanía, allá en los años 80.
Ir a ver a los Dodgers no era solo ir al beisbol: era entrar a un abrazo. Mi tío Toño Inda amaba a sus Dodgers con la devoción con la que algunos aman a los santos patronos. Yo, sin entender del todo los dolores migratorios, veía cómo ese equipo azul representaba para mi tío una especie de permiso para pertenecer. Los Ángeles le abrió sus brazos para formar su familia junto con mi tía Irma y mis primos Edith y Marco (entonces conocido como Toñito). Allí, entre nachos, palomitas y jerseys con el 34 en la espalda, aprendí que el beisbol podía ser además una patria portátil.
En México, mientras tanto, otra guerra se libraba por la TV: la guerra civil capitalina entre los Diablos Rojos del México y los Tigres, en el estadio del Seguro Social.
Yo no estuve ahí en persona todas las veces que hubiera querido, pero sí estuve a la distancia detrás de ese aparato que convertía la sala de la casa en grada general.
Con la cruel puntualidad de nuestra historia, aquel estadio se hizo también memoria del dolor: sus jardines recibieron los cuerpos de las personas fallecidas en el sismo del 85; Hoy, donde antes se peleaban imparables y ponches, hay un centro comercial: Plaza Delta.
En alguna de mis visitas a la plaza mi mente, ve a esos niños con tenis de moda correr por los pasillos de Liverpool sin saber, que pisan sobre historias de extra bases, barridas en home y también sobre los silencios rotos del 85.
Y luego está la banda sonora de todo esto: las voces. Las narraciones de Grandes Ligas del famosísimo “Mago” Septién, de “Sonny” Alarcón y de un entonces joven Toño de Valdés eran una especie de liturgia doméstica. Nos contaron, por ejemplo, aquel home run de película: Kirk Gibson, prácticamente cojo, sacando la bola con una sola pierna frente al mejor cerrador de la época, Dennis Eckersley. Los trofeos y récords de Eckersley quedaron, injustamente, en segundo plano. La memoria popular es cruel y tu destino hace que puedas ser recordado por el home run recibido en el peor momento.
Hoy, los nombres de los Dodgers bicampeones se escriben, en japonés: Ohtani, Yamamoto, Sasaki. A ellos se suman un montón de latinos que hacen del diamante un mosaico multirracial y multicultural. El line up es casi una reunión de la ONU, pero con bats y guantes.
En los últimos cinco años, ya instalado en la CDMX, el rey de los deportes me adoptó como aficionado capitalino. Me hice asiduo del precioso estadio Alfredo Harp Helú, donde las tardes parecen diseñadas por un arquitecto que también jugó de short stop en su infancia. Ahí he podido heredar, como antes hizo mi padre conmigo, la afición a mi hijo Enrique.
La diosa fortuna ha sido generosa: hemos sido testigos del bicampeonato de los queridísimos Diablos Rojos, guiados por la experiencia ligamayorista de Robinson Canó. Ver a mi hijo vibrar con un hit oportuno o con un ponche para cerrar la entrada es, en realidad, verme a mí mismo en versión remasterizada, con mejor peinado y menos preocupaciones
Y ahora, todo este recorrido de recuerdos se activa por una razón muy sencilla y muy grande: esta noche espero conocer el “Coloso del Pacífico” en mi natal Tepic, el estadio que hoy es casa de los Jaguares de Nayarit, equipo novel de la poderosa Liga del Pacífico.
Volver al estadio en Tepic será, en el fondo, una conversación pendiente con el niño que miraba la niebla desde las gradas. Hoy la vida me permitirá otra vez sentir la misma caricia otoñal del Pacífico que se colaba por el jardín central del viejo estadio: esa brisa que estaba ahí cuando jugaban los Cafeteros, que estuvo ahí cuando yo apenas aprendía a diferenciar un doble de un triple, y que seguirá ahí cuando ya nadie recuerde a TIMO ni al marcador de lámina.
Porque la brisa no sabe de nostalgias ni de anécdotas. No le interesan nuestros años vividos, ni los nombres de los pitchers, ni las estadísticas de bateo. Ella solo cumple su función: saltar el cerro de San Juan, posarse en el valle de Matatipac y rociar de vida lo que encuentre.
Nosotros, en cambio, vamos al estadio con la secreta esperanza de que, entre un foul y una rola por segunda, esa brisa nos ayude a recordar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo, mientras el rey de los deportes vuelve a tocarnos, una vez más, con su baston de ilusión.








