Rodrigo Romano
La idea de ver fichas de personas desaparecidas convertidas en estampas de un álbum mundialista provoca una sensación extraña. Por un lado está todo lo que representa un Mundial: la emoción, los visitantes, las ciudades llenas. Por el otro, rostros de personas que alguien sigue buscando desde hace meses o años.
Lo que hicieron estas familias en Guadalajara se entiende por todo el desgaste que implica buscar a alguien en México. Después de tanto tiempo, cualquier espacio sirve para seguir preguntando si alguien vio, recuerda o puede ayudar. El Mundial simplemente les ofrece algo que pocas veces tienen: millones de ojos mirando al mismo lugar.
Las cifras de desapariciones en México son tan grandes que terminan cruzando la línea. Escuchamos más de 130 mil casos y la mente ya no alcanza a dimensionarlo. Por eso, este tipo de movimientos funcionan. Porque dejan de hablar de números y vuelven a poner rostros, nombres y fotografías frente a nosotros.
También hay algo simbólico en el formato que eligieron. Los álbumes se llenan para completar una colección, para reunir piezas que faltan. En este caso, cada tarjeta representa, precisamente, lo contrario: una ausencia. Personas que deberían estar con sus familias y cuya historia sigue inconclusa.
Hay algo triste en pensar que las familias han tenido que aprender a aprovechar cualquier momento de atención pública para seguir buscando. Marchas, redes sociales, bardas, lonas, jornadas de búsqueda y ahora el Mundial. No porque quieran estar ahí, sino porque muchas veces sienten que, si dejan de insistir, el resto del país seguirá adelante como si nada hubiera pasado, pues, dicen por ahí que la mayoría preferiría negar una dura verdad antes que enfrentarla.








