InicioNacionalEl doble juego de la 4T: Exigen que nadie se meta,pero meten...

El doble juego de la 4T: Exigen que nadie se meta,pero meten las manos en Colombia y Perú

Publicidadspot_img

Luis Rubén Maldonado Alvídrez

México establece una relación de iguales con todas las naciones. Nunca de

subordinación y menos de entreguismo”. Además, en el marco de exigencias de

agencias extranjeras, afirmó: “Ningún gobierno extranjero puede entrar en nuestro

territorio, aquí defendemos la patria”, dijo Claudia Sheinbaum, presidenta de México

hace unos días.

En marzo de hace 3 años, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López

Obrador dijo: “A México se le respeta. No somos un protectorado de Estados Unidos ni

una colonia de Estados Unidos. México es un país libre, independiente, soberano,

nosotros no recibimos órdenes de nadie. Aquí manda el pueblo de México”.

Durante décadas, la política exterior de México se distinguió a nivel global por ser un

referente de prudencia, neutralidad y respeto absoluto a la soberanía de otras

naciones. La histórica Doctrina Estrada sirvió como una brújula diplomática que dictaba

la no intervención y el reconocimiento de los gobiernos, independientemente de su

origen o tendencia ideológica. Sin embargo, durante la administración de Andrés

Manuel López Obrador este principio fue abandonado para dar paso a un activismo

ideológico e intervención electoral en otros países que tensó y fracturó las relaciones

diplomáticas de México en América Latina.

Los casos de Perú y Colombia son ejemplos claros y preocupantes de este

intervencionismo por parte de los gobiernos de Morena. En lugar de mantener una

postura de Estado, se utilizaron los canales oficiales para proyectar simpatías políticas

personales, ignorando el daño a largo plazo en las relaciones bilaterales.

En el caso del Perú, el involucramiento del gobierno mexicano pasó de la simple

empatía política a una intromisión directa en los asuntos internos del país andino.

Desde la campaña electoral de 2021, la administración de López Obrador mostró una

preferencia abierta por la candidatura de Pedro Castillo.

Lo verdaderamente grave no fue la simpatía política, sino la respuesta del gobierno

mexicano tras el intento de golpe de Estado de Castillo en diciembre de 2022. Al

cuestionar la legitimidad del gobierno constitucional de transición encabezado por Dina

Boluarte y emitir declaraciones constantes desde las conferencias matutinas, México

violó el principio de no intervención que tanto ha defendido en el papel.

La retórica de la no intervención se utilizó selectivamente: sirvió como escudo para

evitar críticas a México, pero se ignoró por completo a la hora de inmiscuirse en los

procesos democráticos del Perú.

Las consecuencias de esta política de confrontación no se hicieron esperar. El gobierno

de Perú expulsó al embajador mexicano y, en mayo de 2023, el Congreso peruano

declaró persona non grata al presidente López Obrador. Esta crisis diplomática dejó en

evidencia una diplomacia impulsiva que prioriza la agenda ideológica sobre el bienestar

institucional.

En este 2026, justo hace un par de semanas, el Perú celebró la primera vuelta de su

elección presidencial y las elecciones legislativas y del Parlamento Andino, en las que

el comentario constante fue la intervención mexicana en dicho proceso electoral.

Con un proceso inédito por el número de candidatos presidenciales (35), la pugna es

entre la izquierda y la derecha, en un país donde el poder lo ejerce a cabalidad un

poder legislativo que ha removido a varios presidentes en una década. La segunda

vuelta no ha quedado definida, salvo Keiko Fujimori quien ha asegurado su lugar, el

segundo puesto sigue siendo disputado por Roberto Sánchez de Juntos por el Perú y

Rafael López Aliaga de Renovación Popular; el primero totalmente de izquierda, el

segundo de derecha populista.

El comentario en círculos políticos peruanos es sobre el involucramiento del gobierno

mexicano, a través del partido Morena, en los comicios peruanos, apoyando a diversos

candidatos de izquierda, especialmente al mencionado líneas arriba, Roberto Sánchez,

exministro del depuesto presidente Pedro Castillo, el favorito de López Obrador, quien,

aseguran en Perú, recibió mucho apoyo de López Obrador a través de Morena en

especie, recursos económicos y humanos, en un afán de erigirse como líder e impulsor

de la izquierda en América Latina.

A pesar de que la elección fue el pasado 12 de abril, los resultados (polémicos) están

por darse a conocer, de pasar a la segunda ronda, Sánchez, el candidato de izquierda

contaría con más apoyo logístico y económico de Morena y el gobierno mexicano, para

impulsar su triunfo ante “La China” Fujimori, según se comenta en la atmósfera política

peruana.

En Colombia, el activismo mexicano no fue menos evidente. Durante la segunda vuelta

de las elecciones presidenciales de 2022, el mandatario mexicano emitió comentarios

públicos que fueron interpretados con justa razón por sectores de la sociedad

colombiana como una intromisión indebida para favorecer a Gustavo Petro.

La política exterior no puede ser tratada como un foro de activismo militante ni como

una extensión de las preferencias partidistas del gobernante en turno. Inmiscuirse en

los comicios de otro país daña la confianza institucional, debilita los lazos comerciales y

proyecta una imagen de arrogancia regional que los mexicanos no respaldan en su

mayoría.

Bajo la justificación de defender los derechos humanos y la autodeterminación, el

gobierno mexicano aplicó un doble rasero que debilitó su propia autoridad moral.

Cuando las acciones de un líder afín a su ideología son cuestionadas por las

instituciones de su propio país, la diplomacia mexicana reacciona con hostilidad.

El saldo de este periodo es un precedente de polarización diplomática y el deterioro de

la imagen de México en América Latina. Para recuperar el prestigio internacional, es

imperativo que México regrese a los principios de pragmatismo, prudencia y estricto

respeto a la soberanía, dejando atrás las intervenciones ideológicas que solo sirven

para dividir a la región.

Colombia tiene elecciones presidenciales en menos de un mes (31 de mayo) y el

comentario constante es el mismo: Morena y el gobierno mexicano están metidos hasta

el tuétano con el gobierno de Gustavo Petro para ayudar al triunfo del candidato Iván

Cepeda. Igual se menciona que es con apoyo logístico y financiero para ayudar a que

la izquierda retenga el poder en Colombia.

¿Cómo van a justificar, desde la presidenta Sheinbaum hasta cierta senadora, las

intervenciones mexicanas en Perú y Colombia? Las van a negar, sin duda, con el

cinismo que caracteriza a Morena, pero los vuelos a Lima y a Bogota van llenos de

mexicanos y mexicanas que no van por turismo sino a tareas políticas que presumen

en las salas VIP del Jorge Chávez y El Dorado, según comentan en ambas naciones

de América del Sur.

Sostener que no debe existir injerencia extranjera en México mientras, al mismo

tiempo, se justifica la intervención en los procesos políticos de otros países para

favorecer movimientos afines, refleja una profunda contradicción y hipocresía

diplomática.

ESPRESSO COMPOL

La soberanía y el principio de no intervención no pueden aplicarse de manera selectiva

según la conveniencia ideológica. Exigir respeto absoluto a la autodeterminación

nacional frente a potencias extranjeras, mientras se promueve el activismo político

desde el gobierno o el partido en naciones como Perú o Colombia, vulnera los

cimientos de la doctrina diplomática mexicana y debilita su autoridad moral en el

escenario global. Una postura congruente exige que el respeto a la soberanía sea una

regla universal: no intervenir en los asuntos de otros países, de la misma forma en que

se exige respeto para los propios.

Publicidadspot_img
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img
Related News
Publicidadspot_img