Rafael G. Vargas Pasaye
Tengo una hipótesis que he acuñado durante años: como no estamos acostumbrados a vivir con tantos días de lluvia, desconocemos protocolos en nuestro andar cuando este fenómeno se presenta. Y eso nos hace cometer errores por doquier. Me intento explicar, como peatón uno no sabe andar con paraguas, golpea a la gente alrededor previo a la lluvia, y con el aditamento ya mojado, salpicamos alrededor, incluso al llegar a un lugar no sabemos donde ponerlo, son de esas cosas que si no las estamos utilizando, parece nos estorban en las manos. Similar cuando uno está tras el volante. En lugar de acrecentar la prevención, pensamos que todo sigue igual, los accidentes se presentan con mayor frecuencia, no revisamos los limpiadores del auto y menos el desgaste de las llantas que se conjuga con la mala calidad de los caminos por donde acostumbramos pasar, pero en época de no lluvia conocemos donde quedan los bordes, los baches y los riesgos. En el caso del uso de transporte público se corre el riesgo de que en época de lluvias se conjuguen ambas cosas, un conductor poco proclive a ser precavido, y gente que lleva paraguas, gabardinas o capas para guarecerse de las lluvias, y que la final, con el movimiento del vehículo y la cercanía de las otras personas, acabamos todos mojados por igual. En suma, el pavimento mojado conlleva otra manera de conducir, de tomar de decisiones, y define en ocasiones si uno tiene la capacidad de ser amable, más tolerable, más social.







