Josselyn Medina
Hay noticias que, más allá del hecho que las origina, nos invitan a reflexionar. El reciente reforzamiento de la vigilancia por la presencia de cocodrilos en playas de Nayarit, tras el ataque registrado en Puerto Vallarta, es una de ellas.
La medida es positiva. Cualquier esfuerzo que contribuya a proteger la integridad de habitantes y visitantes siempre será bien recibido. Sin embargo, deja sobre la mesa una pregunta que vale la pena plantear: ¿la prevención debería intensificarse únicamente cuando un hecho lamentable nos recuerda el riesgo, o formar parte de una estrategia permanente en un estado como Nayarit?
Nuestro estado convive desde siempre con manglares, esteros y lagunas. El cocodrilo no es un visitante ocasional; es parte del paisaje natural de la entidad. Basta recorrer San Blas, observar el cocodrilario o detenerse unos minutos en el divisadero junto a la carretera para entender que hablamos de una especie emblemática, presente desde mucho antes de que las playas se convirtieran en destinos turísticos.
Por eso, quizá la conversación no debería centrarse únicamente en la reacción después de un incidente, sino en la importancia de mantener una cultura constante de prevención. La naturaleza no sigue calendarios ni responde a temporadas específicas. Hoy puede no haber un cocodrilo en determinada playa y mañana aparecer uno. Esa posibilidad siempre existe porque ese es su hábitat.
También vale la pena recordar algo que con frecuencia olvidamos: nosotros somos quienes entramos a su entorno, no al revés. Cuando visitamos una playa, un estero o una laguna, compartimos un espacio con especies silvestres que simplemente siguen su comportamiento natural. Respetar la señalética, atender las recomendaciones de Protección Civil y evitar ingresar a zonas restringidas no solo disminuye el riesgo para las personas, sino que también protege a una especie que forma parte del patrimonio natural de Nayarit.
La prevención rara vez genera titulares, pero suele ser la mejor herramienta para evitar que una noticia termine convirtiéndose en tragedia. Y quizá esa sea la reflexión más importante: aprender a convivir con la naturaleza implica admirarla, respetarla y, sobre todo, nunca bajar la guardia.








