Rafael G. Vargas Pasaye
La tranquilidad de las noches en épocas de lluvias y huracanes se rompe con la luz y el sonido de los rayos, relámpagos y corrientes de aire que si bien no tienen horario, es en la noche cuando lucen más debido a la pasividad que los rodea. No es sencillo que pasen inadvertidos sus movimientos, los más sensibles son los primeros en notarlos como las mascotas, en especial los perros que de inmediato se inquietan y quieren escapar aunque no sepan a donde. También los menores de edad suelen pegar brincos ante el estruendo de un rayo, es un temor natural ante un llamado de la naturaleza, el llamado de decirnos que está más vivo y latente que nunca. Y claro, el temor de todas las edades de quedarnos sin luz o de inundarnos. La luz, elemento vital para el refrigerador que mantiene con vida los alimentos, pero que a fechas recientes también se requiere para mantener activo el celular y el internet, elementos que se pueden considerar en la canasta básica del mexicano. Y la inundación que vemos en estas épocas en los medios de comunicación, y claro que pensamos qué haríamos si nos toca. Los rayos de la noche nos recuerdan que somos frágiles, que nos puede caer uno y acabar con nosotros, que su luz ilumina por un instante para decirnos que el poder de la naturaleza es infinito, y que requiere en ocasiones más respeto del que le damos.








