Rafael G. Vargas Pasaye
Supongo que en casi todos los seres humanos hay una pizca de héroe, en cada persona se incuba ese sentimiento heroico que piensa puede salvar vidas. Máxime en quienes se dedican a labores policiales o de protección civil o la de bomberos por ejemplo. Pero no basta con esa valentía que late en el pecho, debe acompañarse de la técnica necesaria para salir bien librado y primero, antes que nada, salvar la vida propia para ayudar a los demás. Por eso llaman la atención eventos como el que se llevó a cabo en Tepic donde diversos bomberos dieron muestra de su preparación, más allá de su valor, del que no cabe la menor duda, y se pudo ver la manera en que toman decisiones inmediatas, así como su habilidad para por ejemplo subir escaleras o manejar la presión de la manguera pese a los kilos que cargan en su equipamiento para atender los incendios cuando se requiera. Pero el cuadro heroico debe incluir en el imaginario colectivo un grado también de cercanía y empatía con el respetable, eso los hace mantener a ellas y ellos, integrantes del cuerpo de bomberos, una alta estima, una figura ejemplar, de esas que se extinguen de a poco, pero que por fortuna, ante cada emergencia, salen a toda velocidad, sabiendo que puede ser el último llamado, aunque mientras más preparados estén, la fortuna correrá en su carril, de eso no tengo la menor duda. En el ejercicio por momentos lo hacían ver fácil, pero sabemos la cruda realidad.








