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Kast y la sombra de Pinochet

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Rodrigo Romano

La llegada de José Antonio Kast al poder genera inquietud que no puede reducirse a una reacción exagerada ni a una postura política automática. Se trata de una preocupación que surge de la historia, de la memoria colectiva y de lo que se ha dicho, y de lo que no, sobre Augusto Pinochet.

Kast insiste en que no es pinochetista, pero nunca ha hecho lo mínimo por mantenerse alejado de él: ni una condena clara frente a una dictadura que dejó muertos, desaparecidos y un país marcado por el miedo. Cuando alguien esquiva esa condena, cuando minimiza los crímenes o dice rescatar “lo bueno” del régimen, no está hablando del pasado, está diciendo cómo entiende el poder.

A eso se añade su propuesta de levantar un muro en la frontera, una idea que no solo es costosa y poco efectiva, sino que parece copiada del manual de Donald Trump. Y es que no es casualidad. Así como Trump, Kast apela al miedo, simplifica problemas complejos y señala a la migración como amenaza antes que como fenómeno social. El muro no es solo una obra física: es un símbolo. Marca quién pertenece y quién no, quién es la víctima y quién es el enemigo. Ese tipo de “soluciones” pueden ganar aplausos pero no hacen un cambio real. Lo que sí hacen es profundizar divisiones y normalizar discursos de exclusión, odio y miedo que ya demostraron ser peligrosos en otros países.

A esa inquietud se suma un dato que incomoda en demasía, aunque algunos prefieran descartarlo como irrelevante: el padre de José Antonio Kast, Michael Martin Kast Schindele, fue miembro del Partido Nazi en Alemania y asociado cercano del régimen dictatorial de Pinochet. No es una acusación ni una herencia automática de culpas, pero tampoco es un detalle menor cuando se combina con su constante ambigüedad frente a los autoritarismos. Los pecados del padre no pasan a su hijo, pero cuando el hijo se posiciona frente a esa historia y no condena el pasado, cuando se sobre explica, se justifica o, incluso, se pasa de largo, la señal que se envía es, sin duda alguna, inquietante.

Pinochet no fue un error administrativo ni una etapa meramente incómoda. Fue un dictador que resonó en cada una de sus letras. Gobernó con tortura, censura y represión. Cualquier proyecto político que se acerque a esa herencia, aunque sea con una nostalgia disfrazada de progreso, representa un retroceso peligroso. No porque Chile vaya a despertar mañana sumido en una dictadura, sino porque las democracias se desgastan poco a poco, normalizando discursos que antes eran inaceptables. Para ejemplo, quienes celebraron su victoria ondeando banderas con el rostro del dictador.

La incertidumbre es una alerta. Cuando el poder queda en manos de alguien que ve los derechos humanos como un tema secundario, cuando la seguridad que se plantea pasa por encima de las libertades e, irremediablemente, se es hijo de un ex-nazi pro-Pinochet… Bueno, todo eso no es la mejor de las combinaciones.

Chile ya pagó un precio altísimo por creer que el autoritarismo era una solución. Por eso preocupa que hoy se vuelva a coquetear con ese pasado, como si fuera solo una diferencia de opinión y no una herida que nunca terminará de sanar.

No se trata de demonizar personas o ideologías políticas, sino de no olvidar lo que representan. La historia no avisa dos veces antes de golpearnos entre ceja y ceja. Y cuando el poder se ejerce sin una línea clara contra los abusos del pasado, la desconfianza no solo es válida: es necesaria.

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