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Cuando la duda ignora a los caídos

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Rodrigo Romano

Cada vez que el gobierno anuncia un golpe contra una figura del crimen organizado, como el reciente contra Nemesio Oseguera Cervantes, el debate se polariza de inmediato. No pasa mucho tiempo antes de que surja la versión alternativa de quienes viven tras la pantalla: “está vivo”, “todo fue simulado”, “no hay cuerpo”, “es una cortina de humo”. La desconfianza hacia la autoridad y el gobierno tiene raíces más que profundas y perfectamente entendibles, pero en medio de esa narrativa hay algo que empieza a quedar relegado: aquellos elementos que murieron en el operativo y en las cobardes emboscadas posteriores.

Y es que cuando la idea de que “todo fue un montaje” penetra en nuestara mente, el costo humano se convierte en el daño colateral del escepticismo. Si no hay cuerpo, como dicen algunos, no hay prueba – si no hay prueba, entonces todo es propaganda política. Pero, ¿qué pasa con los activos del Ejercito y Guardia Nacional que sí fueron velados, que sí tuvieron funerales, que sí dejaron hijos sin padre y padres sin hijos? Convertir los sucedido en mera maniobra política termina, indirectamente, despojando de sentido el sacrificio de quienes cayeron en combate.

Claro que el gobierno tiene la obligación de transparentar toda la información y, si no hay imágenes del cuerpo, si no hay dictámenes forénses públicos, también se debe entender que alimenta las sospechas. Lo “clasificado” destruye la credibilidad. Pero una cosa es exigir pruebas y otra muy distinta es reducir todo a mera conspiración sin dimensionar el impacto de esa narrativa sobre los caídos. Porque el mensaje implícito que se difunde, y muchas veces sin la intención de hacerlo, es: murieron por nada o murieron por una cortina de humo.

Si Nemesio está vivo o muerto, la historia terminará por aclararlo. Pero los elementos castrenses que fallecieron no son una hipótesis. Son un hecho. Y mientras el debate se centra en si hubo cuerpo o si fue solo la forma del “narcogobierno” de “protegerse” frente a EEUU, lo mínimo que merece el país es no trivializar el costo humano detrás de cualquier anuncio oficial. Porque cuando la sospecha se convierte en negación, la memoria también paga el precio.

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