Rafael G. Vargas Pasaye
Hay muertes fulminantes, una de ellas es la de una descarga eléctrica. Como suele pasar es inesperada, accidental, sorpresiva. Muchos de nosotros hemos jugado con pilas en la lengua para recibir una leve descarga, incluso en alguna reparación casera o cambiando un foco quizá recibimos esos cosquilleos pero sin mayores desgracias. Una más, en reuniones o ferias se pueden ver eso que se conoce como “toques”, se reciben en lo individual pero es más divertido en grupo y quien primero se sabe de la rueda unida por las manos, es quien pierde. A veces ganan más los nervios que la propia corriente que llega. Pero nada se compara ni se parece con esa descarga que recibe el cuerpo humano en combinación del contacto del agua con una instalación eléctrica mayor, lo sufrió ahora el trabajador de un restaurante, les ha tocado a otros, y en cada caso la desgracia es la misma para los querientes, para las familias y amigos. Es una muerte a la velocidad de la luz.








