Redacción Sentido Común
A principios de mayo, pescadores de la desembocadura del río Suchiate encontraron un torso humano en avanzado estado de descomposición. Le faltaban una pierna, un brazo y la cabeza. El hallazgo fue reportado a Walter González, habitante de la comunidad La Isla, en Suchiate, quien desde hace siete años realiza de forma no oficial la labor de recuperar cuerpos arrastrados por el río en la frontera entre México y Guatemala.
La nota, publicada originalmente por El País, documenta cómo Walter acudió acompañado de su hijo y un ayudante. Tras la llegada de la Fiscalía de Chiapas, sólo se recogieron las partes visibles del cuerpo. Días después, su equipo halló una pierna y una mano en un islote, que terminaron enterrando ellos mismos ante la falta de respuesta oficial. En los meses siguientes, los cadáveres comenzaron a reaparecer: al menos siete cuerpos han sido localizados en los ríos Suchiate y Cahoacán entre junio y julio.
La violencia en la región fronteriza del sur de Chiapas ha ido en aumento, marcada por la disputa entre grupos criminales dedicados al tráfico de migrantes y la extorsión. En Tapachula, la ciudad más cercana, más del 90% de la población se siente insegura, según datos recientes del Inegi. Pese al despliegue de operativos con fuerzas estatales, la aparición de cuerpos no se ha detenido.
Videos en redes sociales, como el que muestra una cabeza flotando en el Suchiate, han reavivado el temor entre los pobladores. Walter, que conoce bien los comportamientos del río, teme que la escasa lluvia esté acumulando restos río arriba. “Cuando no llueve, el río no los arrastra. Sólo queda esperar que empiecen a aparecer”, dice.
Aunque la Fiscalía no ha ofrecido avances sobre las investigaciones, en las comunidades aledañas la sensación es clara: los cuerpos no son locales, pero llegan desde más arriba. Mientras no se controle la violencia en el alto Suchiate, los ríos seguirán arrastrando su mensaje: la frontera sur sigue siendo territorio disputado por la muerte








