Opinión

PLURALIDAD Y LA MOLESTIA DE AMLO

Juan Carlos Abreu

En México, en 1997, tras un largo proceso que inició con la reforma política de 1976, se realizaron elecciones cuyo resultado fue la expresión del hartazgo, por parte de la ciudadanía, hacia el monopolio del poder que desde décadas atrás ejercía el partido dominante.

Por primera vez el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y se consolidó la pluralidad en la integración de la misma. Muchas de las decisiones de Gobierno que se tomarían a partir de entonces, ya no dependerían de la voluntad de un solo hombre, el Presidente de la República.

La conformación del Congreso de la Unión, desde entonces estuvo caracterizada por la pluralidad, lo cual era visto como parte de la normalidad democrática.

Al existir una efectiva autonomía y equilibrio entre poderes, la incipiente democracia mexicana daba un importante paso hacia la consolidación, pero sobre todo, permitió que la toma de decisiones fuera producto de la negociación y el consenso, por lo que la participación ciudadana adquirió un papel relevante.

El resultado del proceso electoral de 2018 tuvo como consecuencia un cambio radical en el escenario político, pues, de nueva cuenta, el partido en el gobierno tendría el control de las cámaras del Congreso.

Lo anterior ha significado una evidente limitante para la discusión de los temas. La toma de decisiones, avalada por el Legislativo, está, nuevamente, alineada con la voluntad del Presidente de la República, sin que se cambie una sola coma, lo que, por supuesto, representa un retroceso en la consolidación de la democracia.

Por ello es necesario enfatizar la importancia de los comicios del próximo 6 de junio, pues es la oportunidad de que la pluralidad vuelva a ser normalidad en la integración de la Cámara de Diputados y, con ello, que para la toma de decisiones sean consideradas todas las visiones y posturas, y el resultado sea fruto de la negociación y el consenso.

La posibilidad de perder el control de la Cámara de Diputados es un hecho que incomoda y molesta al actual titular del Ejecutivo, pues lo considera un atentado para su proyecto de gobierno, pero sobre todo, porque prefiere la obediencia ciega, imponer en lugar de generar acuerdos.

La pluralidad y la negociación, la participación ciudadana y el consenso que esta conlleva son pilares de la democracia, el Presidente parece no entenderlo, quizás porque en el fondo no es un demócrata.