Opinión

PERIODISTAS: LOS “PEONCITOS” DEL PODER


Comunicación para el Bienestar

A principio de semana, Carlos Loret de Mola, conductor de un espacio noticioso en W Radio, compareció ante un juez, respecto al caso de la banda de secuestradores de los “Zodiaco”. Al término de la comparecencia, Loret cantó victoria en un video que subió a Twitter, en donde alegó desconocimiento de que lo que estaban presentando a cuadro era una representación montada por las autoridades (con torturas y amenazas en vivo) de la aprehensión de Israel Vallarta y Florance Cassez.
Por otro lado, se dijo víctima del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y de un puñado de periodistas como Carmen Aristegui, Julio Astillero, miembros de La Octava (sin especificar a quién de todos los que ahí colaboran se refería) y los youtuberos (de quienes tampoco se refiere en específico). A todos ellos, Loret acusó de ser los encargados de “lavarle la cara al presidente de la República”.
Ante los señalamientos, Carmen Aristegui respondió que el tema del montaje es una conducta enteramente suya (de Loret) por lo cual solo él debe responder. También comparó las palabras del informador con dardos usados para evadir una responsabilidad clarísima. Por último, agregó que Loret pasó de ser “peoncito” de Bernardo Gómez, a ser “peoncito” de quién sabe quién.
Pleito entre informadores, que tendrían que ser más periodistas, ya que en sus declaraciones abundan acusaciones y adjetivos al por mayor, sin asomo de argumentos sólidos. Utilizando, en el caso de Loret, su espacio personal y, en el caso de Aristegui, su espacio informativo, para acusarse mutuamente solo con la palabra, sin presentar pruebas.
Decir que un grupo de periodistas le “lavan la cara al presidente” es cosa seria, en donde se tendrían que aportar más argumentos sólidos y no partir de lo que parece obvio en muchos casos. Hablar de los youtuberos, sin decir nombres, tendría entonces que ver acaso con denostar el periodismo que se difunde en YouTube, espacio en donde también se transmite el material que genera Latinus, portal de noticias en donde colabora Loret de Mola.
Imprecisiones, generalizaciones e informadores constituyéndose en noticia, en vez de construirla. Acusaciones, en donde es más lo que se da a entender, que lo que se dice. “Peoncito” de quién sabe quién, lanza Aristegui a Loret, al ser señalada como cómplice de la actual administración. El quién sabe quién, periodísticamente, puede abarcar a todos o a nadie. Complejo de ser publicable en otras circunstancias y que en otras instancias ameritaría una investigación para conocer al quien o a los quienes estarían detrás de la conducta de Loret.
Dejando de lado todo romanticismo, en la práctica diaria, los periodistas siempre interpretamos y juzgamos el mundo desde una posición de poder, un poder que nos da la posibilidad de contar con un espacio en el que pretendemos decir como es la realidad y, más aún, desde el que buscamos implantar nuestras posturas como las únicas verdaderas.

El ejercicio periodístico es complejo, es una eterna batalla ética, moral, intelectual y de calidad humana, pero también una lucha constante contra las tentaciones del poder (legítimo e ilegítimo), el dinero (legal e ilegal) y el prestigio (bueno o malo), batallas que no siempre ganamos porque todos nos hemos equivocado, estamos seguros que, a la distancia, todos sabemos que podríamos haber hecho mejor una cobertura, una entrevista o una investigación, que tenemos algo o mucho de qué arrepentirnos pero también, ojalá, algo o mucho de lo que sentirnos orgulloso.

Se dice que lo único que un periodista tiene es credibilidad, sin embargo, quizá todos tenemos algo que ocultar, una nota de la que avergonzarnos, una investigación que no pudimos sostener, un montaje del que estábamos enterados, alguien a quien hicimos daño tratando de conseguir prestigio, una conferencia por la que cobramos miles de pesos o una entrevista por la que pagamos otro tanto, lo que decimos, al final, es que el que esté libre de pecado que arroje la primera nota o el primer tuit.

Que quede claro que acá no se trata de justificar a nadie ni de señalar a ninguno, pero que nos sirva pues este conflicto Loret-Aristegui para hacer un autoexamen y, como dice Carmen, responsabilizarnos, todos y cada uno, de aquello que sabemos pudimos haber hecho de otra manera y tratar, si es posible, de no repetirlo, como dice Laura Barranco ¡paremos ya!

Románticamente, nuestra lucha debe ser en favor de las audiencias, es una lástima que el romanticismo no se cotiza bien en el mercado de la información.