Opinión

NORMALIZAR LO DIVERGENTE


Israel Covarrubias

El fin de semana supimos de una ejecución fallida que tuvo lugar en las inmediaciones del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Horas después se supo que la víctima era un empresario restaurantero quien viajaba en su camioneta con su chofer-escolta, quien repelió el ataque. Ambos sobrevivieron. Del otro lado, supimos que eran dos jóvenes en moto, uno de los cuales murió horas después a causa de las heridas de bala, el otro huyó.


​Este hecho pareciera uno más para la nota roja de los hechos sanguinolentos que se viven por decenas todos los días en México. Sin embargo, lo que me llama la atención es que un día después del evento, supimos que el joven fallecido que emprendió el ataque contra el empresario, tenía 17 años, y sus amigos de su misma edad y algunos mayores, decidieron hacerle un homenaje de cuerpo presente, con motos, en una de las entradas del Autódromo Hermanos Rodríguez en la Ciudad de México. Un homenaje al amigo caído, quien estaba, dice la nota-video de El Universal de este lunes (18/10/2021), “Ataviado con un traje negro”.


​La cuestión de este hecho, ordinario y quizá sin importancia, es que estamos frente a una escala de riesgos. Es común a las juventudes que se vinculan con la delincuencia organizada, pero también en aquellos que comparten el “espíritu” de cuerpo de lo criminal. El mecanismo de la disimulación -lo que no es, se vuelve “realidad”- es una forma de atracción para muchos jóvenes y no tan jóvenes vinculados, directa o indirectamente, con el crimen organizado. Incluso si su vínculo es por contigüidad, ya que viven en el mismo barrio de los despachadores de droga, de los grupúsculos del crimen organizado, comparten fiestas, música, estilos de vestir, crecieron juntos, etcétera.


​Para Niklas Luhmann, existen dos posiciones respecto a la observación del riesgo en el sistema social. Primero, el de los agentes que toman decisiones y producen los riesgos, y la de los afectados por la decisión que se volvió riesgosa (víctimas, ciudadanos, grupos, comunidades). Dice además que si el margen, es decir, el límite que divide al riesgo de la situación controlada, se difumina al punto que es cada vez “normal” el flujo que nos lleva de una a otra orilla, entonces el riesgo deviene un motivo de preocupación sistémica.
​¿Dónde comienza y dónde termina una acción riesgosa?, ¿cómo se puede prever el surgimiento de un riesgo? Sabemos, dice Luhmann, que el sistema social no permite tener un punto externo que indique el rebasamiento de los límites. Pero, para estos personajes como los representados en el joven fallecido el fin de semana, el riesgo significa una oportunidad, no un peligro. Y si es un peligro, no es lo suficientemente fuerte como para detenerse antes de llegar, diría el sociólogo alemán, al “umbral de catástrofe” donde los problemas de calculabilidad de los daños que produce la decisión del riesgo son imposibles de gobernar. En este sentido, me parece que una tarea que tiene la investigación social hoy es preguntarse e indagar cómo se produce la subjetividad en los barrios, en las colonias, en las camarillas, para comprender cuáles son los valores preponderantes que en ellas perviven. Esto es, por qué coinciden o se distancian de los valores de otros sectores sociales. El crimen organizado no es una lucha de buenos contra malos. No es, en definitiva, una cuestión moral, mucho menos del uso de pistolas y metralletas. Es un fenómeno de complejidad.
​La inquietud es saber cómo se llega a la suposición de que el riesgo está controlado, lo que quiere decir saber cómo un joven de 17 años decide que actuar como lo hizo no implicaba ningún riesgo de morir, o si sabía lo que podría suceder, actúa como si ese riesgo aún se colocara distante del umbral de catástrofe que se le presentó. ¿Qué sucede en esa subjetividad, que deviene “portadora de decisiones”, y justo su decisión es la que produjo el riesgo?


​Finalmente, dice Luhmann, el riesgo es una “divergencia de lo normal”. Es una diferencia frente a un estado imaginado o referido dentro del sistema social como “normal”. En el caso del joven, estamos frente a una constatación cada vez más “común” en nuestro país (y eso es realmente inquietante porque si es “común” entonces hace una forma de lazo social), de que los problemas sociales inician como una mera “divergencia de lo normal”. Esto quiere decir que un agente externo se introduce en el interior del sistema, de la comunidad, y de algún modo lo pone de cabeza, para permitir el desarrollo de una normalidad de lo divergente. Pasamos de una contingencia que puede ser controlada o no, depende de la decisión que la presiona, a una normalización de lo contingente: el fallecido deviene ejemplo para los suyos que, al final, terminan convencidos de que lo que necesitan es simplemente “cuidarse más” cuando tengan el cometido de asesinar a una persona. Asesinar personas, lo sabemos, no es una actividad común dentro del sistema social. No se va a la universidad a estudiar sicariato. En ciertos barrios, en ciertas colonias, en ciertas regiones, se vuelve una actividad, ilegal y explosiva, que corona la normalización de lo divergente. El sistema social es golpeado una y otra vez por la divergencia, aunque siempre tiene una capacidad supresora sobre ella. Estabiliza la contingencia, la normaliza y sigue adelante.


​En México sucede algo similar. Somos observadores de “observaciones” que se expresan en una miríada de formas parasitarias que adopta lo divergente para camuflarse, enquistando su potencia sea en la cara externa o en la cara interna del sistema social, normalizando la divergencia. Este movimiento es lo que hoy necesitamos descifrar: ¿cuáles son los resortes que se ponen en acto en cada gesto que esta serie de actividades ilícitas empujan al espacio social de la vida en común?, ¿el mero goce mortífero de la vida en los límites de sus posibilidades?, ¿el reconocimiento de los otros compañeros de viaje, particularmente después de la muerte?, ¿la marginación que se vuelve un mecanismo que suprime la voz y destaca abiertamente la acción?
No tengo una respuesta. Pero formulemos preguntas, que nos hace mucha falta interrogarnos a partir de lo cotidiano. Ahí seguramente está escondida alguna clave de lectura de nuestro presente.

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