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No te tocaba, carnal: instrucciones para morir en redes sociales

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Ricardo Guillermo Tirado Ruano

A mucha gente no le da miedo morirse joven. Les da miedo lo que viene después. No la ausencia, sino el espectáculo. La posibilidad de que la muerte termine convertida en un desfile de frases prestadas y gestos que nadie tuvo mientras la persona estaba viva. Ese teatro involuntario donde todos creen estar diciendo algo profundo, cuando en realidad solo están cumpliendo con el ritual. Cada comentario, cada captura, cada “hablamos ayer” acaba pesando más que quien ya no está.

Como escribió Saramago en “Las intermitencias de la muerte”, la muerte no vuelve más sabios a los vivos, solo exhibe lo torpe y absurda que puede ser la relación con ella. Hoy, con las redes sociales, eso se vuelve obsceno: la muerte deja de ser silencio y pasa a ser contenido. Performance emocional que necesita likes y testigos. Casi nunca verdad.

Todo empieza igual. Con la incredulidad obligatoria: “Dime que esto es mentira”. Se escribe sabiendo que no lo es. Se sabe desde la primera llamada perdida, desde el “oye, ¿ya supiste?”. Luego vienen las capturas de pantalla: conversaciones privadas recicladas como prueba de cercanía. Frases sacadas de contexto para decir “yo estuve”, “yo importé”.

Y entonces aparece la joya cultural de esta época: el comentario‑meme. El eterno “no te tocaba, carnal”. Funciona igual para un video de alguien haciendo caballitos en moto que para la muerte real de alguien que sabía perfectamente a qué se exponía. Brutal y ridículo al mismo tiempo. Resume todo: la vida es injusta. El duelo digital se parece más al entretenimiento que a la reflexión.

Después llega la música y todo termina de descomponerse. Siempre hay alguien que pone Amor eterno, como si el dolor tuviera que cantarse para ser legítimo. Como si el sufrimiento viniera con soundtrack obligatorio. Y cualquiera pensaría lo mismo: no sufran. No exageren.

Y luego, sobre todo en ambientes más rurales, más de provincia que de urbe cosmopolita, aparece Mi último deseo. Esa canción que suena en velorios donde el llanto convive con el alcohol. La despedida es menos simbólica y más literal. Y ahí surge una incomodidad evidente: ¿quién dijo que ese era el último deseo? No todo el mundo pidió algo antes de irse. A veces solo se fue. Sin edición.

Lo mismo pasa con las frases que convierten al muerto en versión mejorada de sí mismo: “Cuídame desde el cielo”. Como si la muerte viniera con responsabilidades nuevas. Como si alguien que nunca se cuidó en vida se volviera puntual y protector después de morir. No incomoda la muerte. Incomoda no saber qué hacer con ella.

Muerto, cualquiera sigue siendo quien fue. Si hay cielo, probablemente llegue tarde, como siempre llega tarde a su trabajo. “Vuela alto”, dicen algunos, sin preguntarse alto de qué. La única vez que alcanzaron altura fue cuando fumaron marihuana. No todos lograron volar alto en vida. No hay razón para empezar ahora.

Cuando alguien es sepultado, no debería hacerse de ese momento una producción de redes ni un acto simbólico que no lo representa. Que alguien suelte un chiste incómodo, que un familiar se indigne y se arme el alboroto. Que no falte la tía juzgona ni el amigo ofendido por tanta irreverencia. Que el velorio sea lo que tenga que ser y ya.

Pero después, los amigos y la familia cercana podrían ir a la cantina favorita del difunto, tomar lo que quieran, y dedicarse a criticar el velorio con calma y sin piedad. Que digan qué estuvo mal, qué sobró, qué fue innecesario. Así como muchos lo hicimos en vida con velorios ajenos, con decisiones ajenas y con medio mundo.

Si algún día toca irse temprano, un viejo amigo dice: “Si van a querer mariachi en su velorio, déjenlo pagado; o, si se van a morir pronto, dejen lista la corona, porque no quiero andar pidiéndole cooperación a la gente”. Esa es la manera correcta de esperar el día: con humor, sin tomárselo tan en serio.

Y, como dijo el periodista Manuel Buendía: “Si algún día me matan, bien merecido me lo tenía”. Lo mismo aplica a la muerte por accidente o enfermedad. Su ironía es indebatible: todos somos actores y espectadores voluntarios del riesgo que implica vivir.

Por último, tengo que aceptar que les mentí: aquí no hay instrucciones para morir con dignidad en tiempos de redes sociales. La única certeza que tengo sobre la muerte es que, cuando llegue el día, por lo menos a mí, sí me tocaba.

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