Lorena Martínez
“Estamos apenas en el primer tiempo, pero si jugamos bien, con amor, fe y servicio, un día entraremos al segundo tiempo, a la vida eterna que el Señor nos tiene preparada”, dijo el nuevo Obispo de la Diócesis de Tepic, Monseñor Engelberto Polino Sánchez, durante su primera homilía en la Catedral de Tepic.
Con un mensaje centrado en la esperanza cristiana y la defensa de los valores de la fe y la familia, el obispo invitó a los presentes a “preservar la fe en medio de un mundo lleno de propuestas que no siempre son cristianas”, resaltó que el papel de cada creyente es cuidar lo que se relaciona con Cristo, con la familia y con la comunidad.
Durante su reflexión, recordó las palabras del Papa Francisco, al señalar que una de las tareas más nobles del cristiano es ser cuidador: cuidar la creación, la fe y, de manera especial, el núcleo familiar. “Los padres de familia deben cuidar de su hogar; los sacerdotes y obispos debemos cuidar de nuestras comunidades, como San José cuidó de la Sagrada Familia”, expresó.
También advirtió sobre los peligros del subjetivismo y la mentira, que pueden infiltrarse en la vida cotidiana y en la Iglesia misma, invitando a los creyentes a permanecer atentos y discernir con la luz de la verdad evangélica.
A propósito de la festividad del Día de Muertos, Monseñor Polino Sánchez exhortó a los fieles a recordar que Cristo ya venció la muerte, y que los cristianos no deben rendirle culto. “Hoy hay quienes se quedan en la oscuridad del culto a la muerte, sin saber que ésta fue vencida hace dos mil años. Nosotros seguimos al que es la vida, la luz y la esperanza”, afirmó.
Rechazó las modas y celebraciones que giran en torno a figuras de ultratumba, vampiros o monstruos, y recordó que para los cristianos, la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna.
En una metáfora, el obispo comparó la vida con un partido de fútbol: el primer tiempo representa la vida terrenal, donde cada persona demuestra su fe a través de las obras; la muerte es el descanso, y la vida eterna, el segundo tiempo que Dios promete a quienes han “jugado bien”.






