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LA 4T Y SU PERSPECTIVA IMPERIALISTA DE LA MEXICANIDAD

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Por Comunicación para el Bienestar

La historia, o acaso las ciencias del mundo histórico, no son solo un conjunto de epistemologías, técnicas, metodologías e instrumentos que estudian los hechos del pasado. En realidad, el objeto de estudio que persigue la historia es el hombre y sus obras, sus historias, que son narrativas que recrean momentos que se consideran significativos, dignos de ser recordados.
En tal caso la historia mexicana, es un conjunto de relatos, muchos de ellos, cargados de mitos que, como lo señala Enrique Florescano, ponen en circulación concepciones del mundo profundamente arraigadas en el imaginario colectivo y su rasgo distintivo es ser un medio de transmisión de memorias grupales o comunitarias. Y es México un país de narrativas melodramáticas, en donde solo se conciben héroes o villanos; curiosa representación del materialismo dialéctico a la mexicana.
Así en su alocución frente a los vestigios del otrora Templo Mayor de Tenochtitlan, el presidente Andrés Manuel López Obrador, no solo conmemoró la fundación del pueblo Azteca hace 700 años, sino que la vinculó con la fundación de la nación mexicana. Las fechas fundacionales son toda una controversia, ya que conocedores del tema como el arqueólogo y antropólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma, reclama que todo es una manipulación histórica que se está haciendo de ese año, porque quieren empatarlo con 1521, la caída de Tenochtitlan; con 1821, la consumación de la Independencia; y con este año, 2021.
No obstante estudiosos serios sobre la fundación de Tenochtitlan, como Alfredo López Austin fechan la inicial división de México-Tenochtitlan, – aproximadamente en 1321. En tal caso la fecha, parece ser lo menos importante en este caso, pues el acto de conmemoración presidido por el presidente López Obrador, la expresidenta brasileña Dilma Rusef y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheimbaun, no debe entenderse desde el contexto de la historia, sino como una acto político, acaso propagandístico, plagado de rituales característicos del mundo de lo político-cuasi electoral.
Así, el lenguaje, vehículo de transmisión del mensaje, se transformó para tal evento en retórica pura, en el que el todo se entiende por sus partes. Es decir, se nos propone entender tal acontecimiento, a partir de la relación que vincula la fundación de Tenochtitlán, con el nacimiento de la nación mexicana. Así el entorno mitológico que rodea el hecho fundacional, es mito que se recrea y cobra nuevas dimensiones, que, insistimos, pasa del entorno histórico al lenguaje de la cuarta transformación, en donde los conquistadores españoles, cambian de rostro, pues se transforman en antecesores del partido conservador en el siglo XIX, en la casta porfirista que se enquistó en el poder durante tres décadas, e incluso de la mafia en el poder prianista que llevó al país a la ruina en la actual época.
En tal caso, por los discursos de conmemoración, circularon conceptos que iban de la grandeza del imperio Tenochca a la miseria de los españoles, pasando por el discurso de género, el descarrilamiento del metro y la reivindicación de la figura de Claudia Sheimbaun, proclamada en el acto, como la mejor alcaldesa del mundo. Todo un cóctel de conceptos, que son correcciones políticas de un gobierno que al tiempo que proclama la grandeza del imperio azteca, pasó de largo por el legado científico del pueblo maya, la resistencia del pueblo purépecha e incluso se ignoraron los aportes de la civilización madre de todas las culturas prehispánicas del altiplano; los olmecas. Para ellos no hubo lugar en el festejo, ya que, o no son lo suficientemente mexicanos o su fuerza simbólica no es funcional en el contexto del acto político.
El presidente, Andrés Manuel López Obrador, condena la visión imperialista de España al colonizar a los pueblos establecidos en lo que hoy es el territorio mexicano, pero, al mismo tiempo, enarbola una visión imperial pero nacionalista, la visión azteca.
Este pueblo no era menos violento, menos dominante o menos sanguinario que los españoles, sin embargo, la historia nacional y nacionalista, los ha recubierto de los simbolismos que nos han vendido como la nación mexicana, el mito fundacional de Tenochtitlán se convierte, entonces, en el parto del que emana la mexicanidad.
Pero no todo México cabe en el águila y la serpiente, no por todos los “mexicos” corre sangre azteca, nuestro país es un mosaico multinacional, una coincidencia emanada de una arbitraria división política que aglutinó a varios pueblos en un Estado, lo de Nación, fue un invento posterior, porque también está el otro México, el norteño, el de intenciones separatistas porque la identidad mesoamericana no los representa, porque el mito de la “Nación Azteca” poco tiene que ver con ellos, pero que también viven y aportan a la mexicanidad.
Si es que la intención de la reconciliación nacional es verdadera y legítima, en el tour de perdón mestizo que ha iniciado el primer mandatario, debería incluirse un tour en el que el pueblo azteca pida perdón al resto de los pueblos que una vez, y antes de los españoles, flageló, explotó y colonizó.
José Vasconcelos afirmaba que el imperialismo era el gran tema que debían enfrentar los países de América Latina y es verdad, el imperialismo es el gran tema que México debe resolver, pero no solo el español que condena el presidente, o al estadounidense o europeo que condenaba Vasconcelos, sino también al azteca que condenaron el resto de los pueblos que hoy habitan es este territorio conocido, coincidentemente, como México.

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