Opinión

EN MEDIO DEL LIMBO MÉDICO ENCONTRÉ AGUA FRESCA: EL HUMANISMO DE LOS ENFERMEROS DEL ISSSTE


Esperanza Arévalo

La humanidad, el amor a lo que se hace y la amabilidad tienen nombre y rostro: Dalia del Ángel, Carlos Méndez, Jefa Esperanza quienes desempeñan su labor de enfermería en la sala de “Recuperación” del Hospital Primero de Octubre del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), a quienes les estoy muy agradecida, así como a todos los demás que trabajan en ella y, aunque sus nombres no aparezcan aquí, no son menos importantes, porque para mí tienen todo mi reconocimiento y respeto.

Hace unos meses llegué a urgencias de este nosocomio con un intenso dolor y ardor en el pie. Fue algo infernal a tal grado que suplicaba que me atendieran. Ya no podía llorar, solo estaba bañada en sudor, con una desesperación que no le deseo a nadie.

Una vez que me comenzaron a atender creo que me realizaron un doppler en la pierna que me dolía (estudio que evalúa la circulación de la sangre en los vasos sanguíneos, arterias y venas) y los médicos se dieron cuenta que se trababa de un coágulo que obstruía una arteria y procedieron a operarme de inmediato. Lo más fuerte fue que el médico me dijo que harían todo lo posible por salvarme la pierna, así que no me quedó más que confiar.

Gracias a Dios todo salió bien y al concluir la intervención, el doctor Jorge Olvera (a quien le externo mi agradecimiento) me comentó que habían extraído el coágulo. Un poco mareada escuché y sentí alivio.

Pero después de la operación comenzó mi aventura en ese hospital. Me trasladaron a la sala de “Recuperación”, donde son llevados todos los pacientes para vigilancia postoperatoria y después son subidos a “piso”, es decir a la cama que les es asignada para continuar su estancia hospitalaria.

Cuando llegué allí por un momento sentí que todo estaba bien, pero después de unas horas de estar en “Recu”, dijeron que no podían subirme a piso porque no era derechohabiente. Entonces mi novio y mi familia buscaron poderme trasladar a otro nosocomio, tarea que no tuvo éxito porque o no había lugar o no contaban con la especialidad que yo requería, y no podía ir a un hospital privado ya que no contaba con los recursos para ello, así que permanecí en esa sala durante tres días, mientras se definía mi situación.

Me sentí como en un limbo médico, comencé a angustiarme, a pensar qué estaría pasando con mi novio, con familia y qué iba a seguir para mí. Entre la intranquilidad, el dolor neuropático que quedó en mi pie, con calor y sin entender todo lo que me había pasado, así de pronto, con un trombo mal atravesado, no podía dormir.

La primera vez que me llevaron alimentos fue la gloria, amé el arroz de ese hospital y en medio del dolor y la angustia, empecé a observar cómo funcionaba la sala de “Recu”.

Las enfermeras y enfermeros en turno reciben a los pacientes que acaban de salir de cirugía, quienes también son acompañados por el médico que los interviene. Una vez que quedan bien instalados y estabilizados los médicos se retiran y quedan en manos del cuerpo de enfermería. Es un proceso donde también participan los camilleros. Cuando suben a un paciente a piso, inmediatamente se quitan las sábanas de la cama desocupada y comienza la labor de limpieza.

Lo que vi me gustó mucho porque las y los enfermeros están atentos, ayudando a los pacientes. Llevan el registro del medicamento que deben suministrar, revisan periódicamente los signos vitales y presión arterial; cuando acaban su turno dan cuenta de cada enfermo que atendieron a su relevo. En un cuaderno anotan los fármacos suministrados, el horario y observaciones.

Es un protocolo que me pareció bien establecido. No vi desagrado, no vi maltratos, vi a cada enfermera y enfermero entregados a su labor, cálidos y humanos, a los del turno de la mañana, de la tarde, de la madrugada y de fines de semana.

A veces yo lloraba, no podía ver a mi familia y a mi novio por estar en un área restringida y me daban como crisis al recordar todo lo que había pasado y la incertidumbre. Cuando esto sucedía de repente se acercaba alguna enfermera y me preguntaba qué me pasaba. Medio le explicaba por qué lloraba y comencé a saberme acompañada.

Pasé de sentirme una extraña a ver que estaba rodeada de personas. Pude abrir un poco la perspectiva desde la cual estaba viviendo mi situación.

Me ayudaron a bañar cuando más lo necesitaba, procuraron mis alimentos, me cuidaron y escucharon. Me sentí enormemente bendecida, a pesar de todo. Estoy muy agradecida con cada una y uno de ellos, así como con el personal del área de Trabajo Social.

Un día Dalia y Carlos se acercaron a saludarme y conversamos un poco. Les agradecí todas las atenciones que en “Recu” tenían conmigo y Dalia respondió que cuando el trabajo se hace con gusto no hay nada que agradecer; siempre la vi contenta haciendo su labor.

Hace no mucho tiempo trabajé en el ISSSTE y jamás imaginé que regresaría para ser atendida por una emergencia allí. Creo que nadie debería sentir dolor, pero si es que sucede ojalá, sea quien sea, se encuentre con la calidez y humanismo de una enfermera o enfermero, que sabe a agua fresca en medio del desierto.