Opinión

COMODIDAD QUE MATA


Comunicación para el Bienestar

Domingo 9:00 am. La alarma de tu iphone suena con la melodía triunfal de quien está destinado a salvar el mundo. Te decides, abandonas las sábanas y pones a cargar el aparato mientras te das una ducha caliente, sientes el agua bajar por tu espalda, te tomas unos minutos más para disfrutar de ese placentero momento y dejas volar la mente, organizas el día, la vida y el mundo.

Sales del baño y te tomas otros minutos para elegir entre el suéter que compraste un día anterior en las rebajas de inter temporada otoño-invierno en Zara o en Bershka. Arreglas tu cabello con algún aparato chino que compraste en Amazon y que DHL, por barco o por avión, llevó hasta tu puerta. Hay que desayunar, café o té para agarrar fuerza y después dirigirte en auto o transporte público a la manifestación en donde exhibes la cartulina contra el cambio climático.

Si puedes sentirte identificado ¡felicidades! La buena noticia es que eres de los pocos mexicanos que no se encuentra en los umbrales de la pobreza extrema, la mala es que en la preparación para tu lucha por proteger el planeta habrás dejado una huella ambiental de más de 200 litros de agua de consumo y 109 de consumo de intensidad energética (koe/$15p), lo que significa que se habrán gastado mil seiscientos treinta y cinco pesos para que pudieras pasar esos treinta minutos en total comodidad, costo que pagará el planeta.

Pero esta huella no se limita al consumo energético que haces dentro de tu hogar, sino que, de acuerdo con tu estilo de vida, tu impacto ambiental se traslada al coste de producción, traslado, uso y deshecho de tu iphone, tu auto, las prendas de moda rápida que utilizas y un interminable etcétera del que casi nunca somos conscientes.

Mientas que del otro lado del mundo, gobiernos y multinacionales tratan de resolver el dilema de una rápida recuperación económica a costa de un mayor daño al planeta. De nuevo reunidos los líderes mundiales, ahora en Glasgow, Escocia. Son muchos y van cargados de buenas intenciones y las palabras corren y los discursos suenan como eufemismos que pretenden esconder bajo la alfombra los costos del desarrollo capitalista, en donde la preservación del medio ambiente parece el invitado incómodo a la fiesta de la industrialización global. Lenguaje que sólo fue roto por Antonio Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) al señalar que “ya es hora de dejar de tratar a la naturaleza como si fuera un retrete”.

Y en el mundo real, la concentración de gases en la atmósfera de nuestro planeta parece encaminada de manera irreversible a un aumento en la temperatura global de alrededor de 2.7 grados, con daños al medio ambiente que habrán de perdurar durante siglos y con una recurrencia de fenómenos meteorológicos extremos como consecuencia de pronto plazo, que como siempre, impactará en las capas más vulnerables de la sociedad.

Esto significaría que los acuerdos de París (que había comprometido a los países a reducir la emisión de gases de efecto invernadero) firmado en 2015, habría fracasado. ¿Qué nos asegura entonces que lo acordado en Glasgow ahora sea respetado? No sin un cambio drástico en las estructuras del sistema.

Capitalismo que se relacionó de forma ventajosa con el saber, transformado en tecnología. Maridaje que pasaba de lo utilitario a lo lucrativo. Entorno en donde se entendió que los cambios en la tecnología producían transformaciones en la sociedad y en la economía y con ello se habrían de modificar las capacidades económicas de las sociedades, alterando la posición de los países en el sistema internacional. Así, el desarrollo no pudo entenderse sino a partir del crecimiento medible que no dejaba cabida para otras formas de producción y de relacionarse con el entorno ambiental.

No es casual entonces que la lista de los países y regiones que más contaminan esté encabezada por China, los Estados Unidos y la Unión Europea. Y es que la relación entre desarrollo y contaminantes es bastante clara. Desarrollo que nunca consideró formas de futuro (colectivo, posible, probable y realizable) fuera del modelo capitalista, ni abrió espacios para el bienestar individual y social. Escenarios de desastre ambiental que se pensó nunca vendrían y que por ello nunca se asumieron desde el deber ético.

Sistema de equilibrios, en donde el derecho de todos pudiera tener cabida y que no ha podido consolidarse. Escenario en el que pudieran convivir empresarios, el Estado (y un sistema de regulaciones justo), la población mundial y el entorno ecológico. Espacio en donde tengan cabida la salud y la preservación de la naturaleza como componente fundamental del bienestar.

Analizar de forma integrada y simultánea las implicaciones ambientales, sociales y monetarias de nuestros estilos de vida es una ecuación que se complica cuando las variables que tienen que ver con las presiones de las grandes multinacionales y los reclamos de comodidad de los ciudadanos se intensifican.

Las líneas de solución deben caer de distintos lugares pero siempre pasar por la mediación de las instituciones gubernamentales que deben impulsar la construcción de políticas públicas encaminadas al bienestar de la comunidad con el menor impacto ambiental posible, lo que implica sistemas menos corruptos que no permitan que las grandes empresas (no sólo energéticas, mineras o madereras, sino tecnológicas, de transporte, de la moda, etc.) operen con impunidad, sin observancia a la ley ambiental y sin consideración a las comunidades con las que cohabitan.

Pero también, deben trabajar con programas que orienten a cambios de estilos de vida de menor consumo y con mayor arraigo con el entorno natural. Quizá sea este aspecto el que más trabajo cueste gestionar debido a que tiene que ver con las libertades y la conciencia personal de cada uno de los ciudadanos, pero en el que los gobiernos también pueden inferir; estar dispuesto a dejar el auto y tomar el transporte público atraviesa por mejores ofertas de movilidad, o si en lugar de repartir televisores se instalan calentadores solares, por ejemplo.

Al final es un tema de voluntad que atraviesa por el interés económico que casi nunca está dispuesto a retroceder, pero cuya voracidad sumada a la indolencia y ambición de los gobiernos, han generado crisis humanitarias como los desplazados climáticos que se calcula habrá de impactar a 40 millones de personas para el 2050, la mayoría habitantes de la zona del eje del Ecuador y en situación de pobreza.

Si quieres conocer tu huella ecológica y modificar tu estilo de vida puedes visitar Calculadoras de huella – Planeta Carbono Neutral y/o Mide tu huella ecológica. (tuhuellaecologica.org).