Opinión

AMLOFEST Y LOS BUENOS TIEMPOS DEL PRI

Comunicación para el Bienestar

Para el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el primero de diciembre fue un día de fiesta porque hay mucho que celebrar, desde su perspectiva, el país marcha viento en popa; obra pública en proceso, programas sociales que benefician a millones de mexicanos, sobre todo a los más vulnerables y muy pronto el litio será nuestro. La danza de las cifras, números que pocos entienden pero que todos en el Zócalo aplaudieron porque sonaron impresionantes.

Pero comencemos por una aclaración. El discurso que dio el presidente Andrés Manuel López Obrador formó parte de un evento conmemorativo que, además de incluir amenidades musicales, tenía como número principal la participación del primer mandatario, “mensaje a la Nación” con motivo del cumplimiento de su tercer año al frente del ejecutivo federal, aclaración que vale la pena hacer luego de que varios medios de comunicación, nacionales y extranjeros, algunos de mucho impacto como El País, Telesur o La Jornada, se han referido al acto como tercer informe de gobierno, mismo que, como manda la ley, fue presentado el pasado primero de septiembre en uno de los salones de Palacio Nacional.

Este conjunto de espectáculos que se extendió por cuatro horas, motivo por el cual en las redes sociodigitales se le etiqueto como #AMLOFest, es un mensaje claro de que en México ya no estamos pensando en la pandemia, por lo menos así lo dejaron ver las más de 200 mil personas concentradas en la plancha del Zócalo y las calles del primer cuadro de la ciudad. Evento que se suma a las conmemoraciones del Día de Muertos, la Fórmula Uno y el Corona Capital, masivos por los cuales la Organización Panamericana de la Salud (OPS), alertó a nuestro país por un posible aumento de contagios.

Pero era el día del presidente y la entrada a su tercer año. Pináculo de su poder y momento de ver al futuro porque no tarda en llegar el descenso. Por ahora, nada de qué preocuparse, si acaso una leve sonrisa ante las tibias manifestaciones de la oposición, repudio materializado en mantas llenas de adjetivos denigrantes hacia el presidente y hacia la 4T que colgaban en el Gran Hotel de la Ciudad de México.

Este despliegue de propaganda borra toda duda de que el presidencialismo en México está más vivo y fuerte que nunca. Tomando una frase del discurso del presidente, “como en las mejores épocas” … del PRI, el mensaje fue claro, la presidencia se impone a los pesos y contrapesos políticos y centraliza las decisiones de gobernanza, para la cual hace uso de sus facultades constitucionales como titular del ejecutivo, pero también de las metaconstitucionales que le otorga el liderazgo fáctico del partido más robusto de nuestro país.

A leguas se nota que AMLO es un político formado a la vieja escuela, hombre de rituales heredados del PRI, tanto así que hizo compartir un mismo escenario a uno que otro presidenciable. Y es que el futuro está más cerca que nunca y en la resbaladilla de la política es imposible (o muy difícil) subir más escalones sin que implique una caída.

Pero fuera del área de Palacio Nacional, empieza un país; el México de a deveras. El que sufrió una disminución en su Índice de Progreso Social (IPS), números que ahora sirven para arruinar una fiesta, en la que no caben las principales preocupaciones de los mexicanos: la seguridad personal y el acceso a educación.

La única diferencia con aquellas “buenas épocas” cuando por cierto el presidente aún militaba en el viejo PRI, es que la imposibilidad de reelección limitaba que se perpetuara en el poder, por lo menos legalmente, sin embargo, aunque la reelección presidencial no está permitida, si lo está la reelección en el legislativo y ejecutivos locales y que, en gran medida, aseguran una permanencia de facto, como en los mejores tiempos del Maximato o Salinato.

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