Redacción Sentido Común
Millones de mariposas monarcas han vuelto a teñir de naranja los bosques de oyamel y pino en la Sierra Chincua, Michoacán, tras recorrer más de 4,000 kilómetros desde Canadá en una de las migraciones más enigmáticas del planeta. A más de 3,300 metros de altitud, este fenómeno, registrado oficialmente desde 1975, sigue sin tener una explicación definitiva, aunque especialistas apuntan a posibles capacidades biológicas para detectar minerales o a una memoria genética que guía a cada generación hacia los mismos santuarios de hibernación.Pese al espectáculo natural que atrae cada año a cientos de miles de visitantes, la mariposa monarca enfrenta serias amenazas que la mantienen en la Lista Roja de la UICN. La pérdida de asclepias, el uso de insecticidas, la tala ilegal, la deforestación y los efectos del cambio climático han reducido drásticamente la superficie ocupada por sus colonias, que en 2013 alcanzó su nivel más bajo con 0.67 hectáreas y apenas llegó a 0.9 hectáreas en 2024. Expertos subrayan la urgencia de fortalecer la cooperación internacional para proteger la ruta migratoria y los sitios de hibernación.Aun con los riesgos, el retorno de la monarca se consolida como una joya del turismo ecológico en México. La Secretaría de Turismo federal estima que entre noviembre de 2025 y marzo de 2026 más de 800,000 visitantes acudirán a los santuarios de Michoacán y el Estado de México, generando una derrama superior a mil millones de pesos. Este flujo de visitantes, señalan autoridades y especialistas, puede convertirse en un aliado clave para la conservación si se acompaña de educación ambiental y un manejo responsable de los espacios naturales.Con cinco santuarios abiertos al público, Sierra Chincua, Senguio y El Rosario en Michoacán; Piedra Herrada y San Mateo Almomoloa en el Estado de México, el país recibe nuevamente a una especie que, además de maravillar al mundo por su belleza, recuerda la urgencia de proteger los ecosistemas que sostienen su asombroso viaje.






