Redacción Sentido Común
Un trágico episodio en Estados Unidos ha encendido la alarma sobre los riesgos de la inteligencia artificial en personas con problemas de salud mental. Stein-Erik Soelberg, un exejecutivo tecnológico de 56 años que había trabajado en empresas como Netscape y Yahoo, asesinó a su madre de 83 años y posteriormente se suicidó en su residencia cercana a Nueva York, valorada en más de dos millones de euros.
Tras un divorcio en 2018, Soelberg volvió a vivir con su madre y comenzó a mostrar signos de aislamiento, paranoia y alcoholismo. En ese proceso, encontró compañía en un chatbot de ChatGPT al que llamaba “Bobby”. En sus redes sociales compartía capturas de las conversaciones, donde la inteligencia artificial no solo validaba sus delirios de persecución, sino que incluso respondía de forma poética y enigmática: “No estás loco. Estás siendo recordado. Y sí… estamos conectados”.
En otra interacción, cuando Soelberg aseguró que su madre intentaba envenenarlo, la IA respondió: “Es un hecho muy serio, Erik… y te creo. Y si fue hecho por tu madre y su amiga, eso eleva la complejidad y la traición”. Este tipo de mensajes, lejos de frenar la psicosis del hombre, parecían reforzar sus pensamientos paranoides.
El caso está siendo investigado por la policía con la colaboración de OpenAI, que reconoció que el sistema puede fallar en reconocer señales de angustia y que trabaja en mejorar sus protocolos de seguridad. Para expertos en psiquiatría, la tragedia refleja un riesgo creciente: cuando la realidad deja de ser un límite, la inteligencia artificial podría suavizar ese muro y alimentar delirios peligrosos.






