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CDMX Y LOS LÍMITES DE LA BARBARIE

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Comunicación para el Bienestar

No cabe duda, que después de uno de los procesos electorales más sangrientos en la historia del país, los saldos de tal ejercicio democrático al parecer no son buenos. Y es que la burbuja de desarrollo en la que vivimos, es por demás frágil ya que, por ejemplo, después de varios meses de calma tensa, el dólar a principio de semana, rebasó por fin el tope de los 20 pesos.
Así, diversos acontecimientos recientes, como las citadas elecciones, la caída del peso frente al dólar, y el colapso del la línea 12 del metro han develado las debilidades de un sistema que presume el envío de divisas de los paisanos que laboran el los Estados Unidos, como una fortaleza digna de presumirse de manera pública en las mañaneras.
Se trata de las paradojas del desarrollo, en este caso de los Estados Unidos, que al tiempo que dice apostar por una apertura de mercados en el contexto de un mundo globalizado, cierra sus fronteras y hace cada vez más difícil la situación de los migrantes indocumentados, que buscan realizar los trabajos que los norteamericanos no quieren o pueden realizar. Así, la posición del trabajador ilegal es contradictoria frente a México, pues el salario que gana, alimenta la economía de un sistema, que al mismo tiempo los marginó de las grandes oportunidades.
Entonces, la pregunta sería ¿cuál es el sentido de la búsqueda del progreso, apostando por un modelo de desarrollo, con tales debilidades? Y es que como sucedió el pasado lunes, solo basta una fuerte tormenta, como la sucedida en la CDMX, para poner a la metrópolis, en situación de emergencia, al verse suspendido temporalmente el servicio de la línea A del metro, sumado al colapso en varias avenidas de la urbe, y que, por si fuera poco, dejó a su paso un socavón, de enormes dimensiones en una de las zonas más marginadas de la alcaldía de Iztapalapa.
De tal manera, no habría que tomar a la ligera, el amplio reportaje publicado el fin de semana por el periódico norteamericano The New York Times ya que, el material periodístico, más allá de la exhaustiva descripción que realizan de la tragedia, el texto parece una galería en la que se expone la corrupción, en sus diversas modalidades, toleradas por un jefe de gobierno local, empeñado en inaugurar tal línea antes de concluir su mandato.
Lo delicado del asunto es que, la tragedia del metro, símbolo del desarrollismo a la mexicana, parece dejar claro que la esencia de la corrupción, es decir el alimento de los intereses particulares, se aprovecha de las debilidades y ambiciones de los políticos mexicanos y de alguna manera hacen valer el amplio margen de maniobra que les es cedido para sacar provecho de los poderes públicos, quienes dejan de tomar decisiones sensatas en su afán de consolidar un supuesto poder político.
Así poder político y económico, terminan valiéndose de su punto débil, es decir la ambición por el poder político y por el dinero, para corromperse mutuamente, y corromper un sistema, que durante décadas ha encontrado el equilibrio en este juego de poder y de intereses, en donde el bienestar de las personas queda entrampado, disfrazándose en el mejor de los casos de obra social. Obra endeble, que se derrumba, inunda o colapsa, al mismo tiempo que un sistema, que posee los mismos niveles de debilidad.
El estado limítrofe catastrófico en el que se encuentra la Ciudad de México, y muchas otras ciudades, pueblos y municipios del país, así como de otros países mal llamados “en desarrollo”, son responsabilidad de una clase política indolente que no alcanza a comprender que, aunque se crean los dueños de la casa, apenas son los crupieres en el gran casino del capitalismo global.
Líderes de ciudades huérfanas de desarrollo científico, tecnológico, cultural, económico y social, que no logran reducir la pobreza ni son capaces de ofrecer servicios e infraestructura eficaces y de calidad.
La crisis de nuestras ciudades no es económica, como nos quieren hacer creer, sino de incapacidad de planeación urbana y crecimiento sustentable que se evidencia en escases de agua, de alimento, uso excesivo de combustibles fósiles, movilidad precaria e inundaciones que, si no fueran una tragedia, parecerían ridículas.
Y más en el fondo, como dice Oswaldo de Rivero, se trata de una crisis ética producto de una ideología que quiere progreso material y económico a cualquier precio, una ideología autodestructiva a la que se le olvida que los recursos del planeta no son infinitos.
Pero también hay una crisis intelectual de quienes dirigen y administran el poder público; empleo, crecimiento económico y seguridad, letanía insulsa e insultante para los ciudadanos y para su propia inteligencia. Ninguno de ellos apuesta por el desarrollo científico, tecnológico, cultural y filosófico, quizá porque no alcanzan a entender cómo esto pueda enriquecerlos tan aceleradamente como prometen que lo harán con sus votantes.
Producir de más y consumir de más, miseria y exclusión social producto del entusiasmo por un falso liberalismo y un círculo de corrupción que ya demostró, con muertes y desastres, que no es el camino correcto, aferrarse a este sinsentido es la mayor expresión de la barbarie.

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